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Esta niña transformó los callejones de su barrio en salones de clase

Escrito por el 26 noviembre, 2019

Pequeñas almas con hambre de conocimiento se reúnen a la sombra de la gran ciudad.

El improvisado establecimiento educativo dirigido por la pequeña Stheffany Rafaela da Silva comenzó como un juego pero poco a poco se fue convirtiendo en un proyecto serio que tanto los 15 pequeños alumnos como la profesora de apenas 11 años de edad, asumen con el mayor de los compromisos. Ocurrió una tarde después de clases cuando una amiga de la menor le propuso a ella y a otros niños de la comunidad de Recife en Brasil que jugaran a la escuela.

A partir de ese día, puntualmente los niños comenzaron a reunirse en el mismo lugar, en medio de uno de los muchos callejones del barrio, para jugar a tomar clases, pero sin darse cuenta empezaron realmente tanto a impartirlas como a tomarlas a diario.

En cierto momento la amiga de Stheffany se mudó de casa y a ella le tocó asumir por completo el proyecto de la escuela, pero lejos de ser una tarea que la sobrepasara, rápidamente se volvió en una pasión, una actividad que desarrolla con compromiso y seriedad.

La idea principal de la escuela es reforzar los conocimientos de los niños y ayudarlos a realizar sus deberes académicos extracurriculares, pero también leen cuentos, pintan e incluso hacen educación física. No se enfocan en una materia en especial sino intentan aprender todo lo que les es posible en el tiempo del que disponen.

La historia de una niña ejemplar.

Stheffany lleva la docencia en la sangre pues incluso antes de comenzar su escuela en los callejones para los niños de su comunidad siempre había soñado con convertirse de mayor en maestra y ahora lo tiene más claro que nunca ya que desea ir a la universidad para formarse en matemáticas e impartir clases de esta materia en el futuro.

La madre de la niña, describe orgullosa a su hija como una niña muy aplicada, siempre con ganas de aprender y estudiar y ve en ella realizados sus propios sueños pues también deseaba ser profesora y le encantaba la escuela, aunque sólo pudo cursar hasta noveno grado, por ello ayuda a Stheffany a preparar dulces para incentivar la asistencia de los niños de la comunidad a las clases que con tanto esmero y dedicación su hija imparte en las tardes.

Adicionalmente a su trabajo como profesora y de ir ella misma a la escuela, la pequeña asiste a un centro comunitario donde toma clases de natación, danza y artesanía.

Su consagrada labor con los niños del barrio, inspiró a una persona a apoyarla en su innata vocación, obsequiándole una beca en una institución privada para que continúe su formación y así un día convertida en maestra regrese a su comunidad para motivar a otros niños a romper sus propios limites y moldear su realidad acorde a sus sueños y aspiraciones.